La tarde de ayer fue muy extraña. El punto es que
experimentamos muchas cosas nuevas. Fue la primera vez que yo llegué primera a
la terminal, y eso fue raro. Cuando él llegó no quise besarlo, no sé por qué,
sólo no quise. Luego nos sentamos en un banquito en el que nunca habíamos
estado y nos besamos como si no nos hubiéramos visto en años. Caminamos hasta
la otra punta del centro de la ciudad, y entonces lo abracé, y apoyé mi cabeza
sobre su pecho. Y cerré los ojos. Y sentí una inmensa sensación de seguridad,
porque sin motivos, sabía que en ese preciso instante, nada podía pasarme. Por
eso sonreí, levanté la mirada y lo vi. Y ahí estaba él, igual que siempre lo
estuvo. Con esa sonrisa que completa mi mundo. Y me besó, y lo besé. Deseé que
ese momento no se acabara jamás.
Cuando retornamos al otro extremo del centro, nos sentamos
en otro lugar al que nunca concurríamos. Yo me recosté y apoyé mi cabeza en su
hombro. Él me abrazó. Entonces miré al cielo y comencé a recordar todo lo que
pasamos para llegar a estar así, y me entristecí un poco. Entonces sentí su
mano buscando la mía, y volví a sonreír,
porque sabía que a pesar de todo, estábamos juntos. Entonces lo miré, y
él me miró. Me besó y lo besé. Así estuvimos durante un largo rato. Comimos
chocolates y reímos. Juramos permanecer juntos durante toda la eternidad.
Entonces debimos alejarnos, y eso fue difícil. Casi no
hablamos durante las horas posteriores, lo que me preocupó un poco, porque
temía haber fallado en algo. Lo poco que logramos hablar esta mañana me
tranquilizó un poco, pero ahora no puedo hacer otra cosa más que extrañarlo.