jueves, 23 de enero de 2014

Brunela

Brunela es una adolescente a quien la vida no se le presentaba de una manera sencilla y fácil de llevar como a la mayoría de sus pares. Ella tenía en claro que ninguno de sus amigos tenía una vida perfecta, pero ellos sí eran capaces de llevarla adelante con normalidad y sin la necesidad de hablar absolutamente todos sus problemas con alguna persona que al menos escuche. Brunela había nacido con esa necesidad, pero nunca había confiado tanto en alguien como para contarle todo su sufrimiento durante sus 14 años de vida.
De pequeña, Brunela era muy unida con su abuelo materno, de quien era su única nieta mujer y la menor de todos sus nietos. Ellos hacían miles de locuras juntos. Iban a pescar, hacían dulce de higos con los higos que juntaban los domingos por la mañana en el patio, disfrutaban juntos de largas charlas, a su abuelo le encantaba contarle cosas sobre su vida, tenía miles de anécdotas guardadas en su mente. Su nieta siempre se sorprendía al ver lo mucho que sabía el anciano sobre pájaros, aves y animales silvestres. Fue un golpe muy duro para ella cuando a la corta edad de 9 años, todos esos días compartidos con su abuelo acabaron de golpe. Era una mañana lluviosa de febrero cuando su madre la despertó con la peor noticia que esa niña podría haber recibido. Le arrancaron de un tirón a quien fue su mejor amigo durante todo ese tiempo. Brunela no asistió al velorio de su abuelo, en lugar de eso, permaneció en su casa reflexionando y tomó una decisión muy madura a pesar de su edad, que fue permanecer fuerte y callada por fuera aunque por dentro tenga esas ganas de gritar todo el dolor que sentía en ese momento, pero pensó que eso agregaría dolor al corazón de las personas que amaba.
Pasaron los años desde ese trágico suceso, Brunela creció sin saber cómo descargar todo ese dolor que con el pasar del tiempo se fue acumulando. Fue en su último año de primaria, cuando conoció a quien pensó que sería su salvación. Era un muchacho alto, esbelto, gordo y de tez oscura. A pesar de sus diferencias, en seguida aprendieron a convivir creando entre ellos un lazo de verdadera amistad que parecía inquebrantable. El problema de Brunela es que se preocupaba demasiado por las personas de su alrededor y no era capaz de mirar hacia adentro todo ese dolor que se acumulaba en su corazón por su propia vida y por los sufrimientos de quienes ella amaba de verdad. Su mejor amigo no la escuchaba ni una sola vez, decía que sus miedos y sentimientos eran infantiles y le hablaba sobre su dolor que era algo muy superior a los de la niña. Brunela lo escuchaba y aconsejaba porque ella en verdad lo quería. Al finalizar el año, el último día de clases, el muchacho la abrazó con todas sus fuerzas y le dijo que se mudaría lejos del pueblo en el que vivían, y que probablemente, nunca regrese. Recordando la promesa que había hecho al morir su abuelo, Brunela contuvo sus lágrimas, sonrió y se alejó. Con el pasar de los días, Brunela comenzó a sentir el vacío que se había abierto en su corazón hacía 4 años, ahora era más grande. Comprendió que por más que lo intente, nunca nadie podría remplazarlo. Él fue todo para ella.
A sus 13 años, mientras cursaba el primer año del colegio secundario, Brunela descubrió una forma de expresar sus sentimientos sin lastimar a nadie. Brunela comenzó a escribir, sólo para ella, narrando por qué se sentía tan mal consigo misma. Esto le sirvió para ir revelando lentamente quién es en realidad, de dónde viene y adónde va. Fue relatando en su diario íntimo a lo largo de toda su vida, sucesos que le dejaron alguna marca, y guiada por ese pequeño librito, pudo justificar sus acciones y sentimientos actuales, porque toda acción tiene su consecuencia y si se busca la causa, es fácil encontrarla.

Al día de hoy, Brunela tiene 14 años y en unos meses comenzará a cursar el segundo año de su escolaridad secundaria. Es una adolescente muy insegura de sí misma, que duda de absolutamente todo lo que hace o dice y sigue sin soportar reunirse con personas o tener una vida social fuera de su casa. Ella disfruta de las fiestas, pero no estaría todos los fines de semanas de fiesta, prefiere quedarse una noche en pijama, en su computadora, despeinada, o jugando con su hermano y desayunando antes de irse a dormir. Eso es lo que la mayoría de las chicas de su edad no comprenden. Ella odia seguir las modas, porque eso la hace igual al resto y nunca vio una razón para serlo, a Brunela le gusta ser ella tal y cual es, si bien le duele lo que opinan los demás, no cambia su forma de pensar en lo absoluto. Esa batalla es complicada, ya que siente que todo su entorno desea cambiarla para que sea una muchacha perfecta, femenina y a la moda. Siente que todos la miran raro, que nunca va a ser aceptada en la sociedad, que sus ideas no van a ser escuchadas por nadie, y por eso nunca las revela. Sin importar lo que le digan, Brunela ha asumido ya su papel en esta vida, tiene bien claro quién es y de dónde viene, adónde va se lo dirá el destino. Ella sabe que disfruta más en la compañía de muchachos que la respetan que en un grupo de chicas en el que tiene que competir con sus pares para ser considerada alguien importante o especial. Sabe que la relación que tiene con su hermano es especial, ya que nunca pasaron de una discusión de unos pocos minutos, y son inseparables el uno del otro. 

viernes, 3 de enero de 2014

La ausencia

Nunca he conocido dolor similar al de aquella mañana. Eran aproximadamente las 10 de la mañana, cuando desperté y mis lágrimas comenzaron a caer tras escuchar aquellas horribles palabras provenientes de la boca de mi madre. En días anteriores, las cosas no marchaban con normalidad en mi casa. Mis padres se ausentaban muchísimo de casa por ir al hospital a cuidar a aquella persona que en ese momento yo más amaba en este mundo. Al cuarto día de que esta rutina se repitiera, mi madre me despierta con sus ojos hinchados y llenos de lágrimas. Las palabras que salieron de su boca, fueron las más horribles que he oído en mi vida. A esa edad, eran las últimas palabras que imaginaba escuchar, ya que no tenía noción de la situación por la que este hombre estaba atravesando.
10 de la mañana, 7 de febrero, 1000 lágrimas, 100 gotas cayendo del cielo, un adiós que no se repetiría ni obtendría respuesta, un alma devastada y otra que ascendía hacia el cielo. Tantas cosas pasaron por mi cabeza en ese instante que lo único que logré hacer fue abrazar a mi madre con todas mis fuerzas, intentar contener mis lágrimas y esbozar la sonrisa más difícil de mi vida para demostrar que ya entonces era una muchacha fuerte que no se daba por vencido y  que avanzaba hacia adelante sin importar lo que pase, además de intentar aparentar estar bien frente a un alma casi tan dolida como la mía.
Tengo que admitir que no me gusta hablar sobre este momento de mi vida porque no me gusta que me vean llorar como lo estoy haciendo en este momento, o como lo hice hace ya 5 años. Estar toda esa cantidad de tiempo sin una persona tan amada es mi desafío diario. Desde ese día despertar no tiene el mismo significado, porque sé que no lo voy a ver al salir al patio, respirar es cada vez más difícil por los nudos que se me hacen en la garganta al recordarlo, pero dormir es hermoso, porque al dormir puedo soñarlo, y aún lo veo como lo vi siempre, con esa sonrisa con la que llenaba mi mundo todos los días, sin demostrar en ningún momento tener ningún problema. Todo parece real. Parece que al despertar voy a poder verlo otra vez como antes y lo voy a poder abrazar como hace 5 años que no puedo hacerlo.
Él era el motivo por el que me levantaba temprano cada domingo, porque siempre tenía una aventura nueva por emprender juntos. Recuerdo aún cuando me llevaba a juntar higos de la planta que estaba en aquel gris jardín olvidado, con los cuales por la tarde hacíamos dulce. Recuerdo también cuando me enseñaba a disfrutar del sabor de la comida y no sólo comer por necesidad, sino por placer. Permanecen en mi mente aquellas noches que pasábamos juntos alrededor de la mesa, discutiendo sobre cómo eran las cosas en sus tiempos y cómo fueron cambiando. Recuerdo su alegría con cada logro, su orgullo al verme progresar, el cariño que me transmitía con cada abrazo, la tranquilidad que reinaba en cada una de sus palabras. Nunca necesité tanto a alguien.

Es injusto que vos me veas nacer y yo tenga que verte morir, pero sé que al final todos viajamos hacia un mismo lado. Nos vemos al final del camino, mientras tanto seguiré llorando.