sábado, 3 de mayo de 2014

La tarde de ayer

La tarde de ayer fue muy extraña. El punto es que experimentamos muchas cosas nuevas. Fue la primera vez que yo llegué primera a la terminal, y eso fue raro. Cuando él llegó no quise besarlo, no sé por qué, sólo no quise. Luego nos sentamos en un banquito en el que nunca habíamos estado y nos besamos como si no nos hubiéramos visto en años. Caminamos hasta la otra punta del centro de la ciudad, y entonces lo abracé, y apoyé mi cabeza sobre su pecho. Y cerré los ojos. Y sentí una inmensa sensación de seguridad, porque sin motivos, sabía que en ese preciso instante, nada podía pasarme. Por eso sonreí, levanté la mirada y lo vi. Y ahí estaba él, igual que siempre lo estuvo. Con esa sonrisa que completa mi mundo. Y me besó, y lo besé. Deseé que ese momento no se acabara jamás.
Cuando retornamos al otro extremo del centro, nos sentamos en otro lugar al que nunca concurríamos. Yo me recosté y apoyé mi cabeza en su hombro. Él me abrazó. Entonces miré al cielo y comencé a recordar todo lo que pasamos para llegar a estar así, y me entristecí un poco. Entonces sentí su mano buscando la mía, y volví a sonreír,  porque sabía que a pesar de todo, estábamos juntos. Entonces lo miré, y él me miró. Me besó y lo besé. Así estuvimos durante un largo rato. Comimos chocolates y reímos. Juramos permanecer juntos durante toda la eternidad.

Entonces debimos alejarnos, y eso fue difícil. Casi no hablamos durante las horas posteriores, lo que me preocupó un poco, porque temía haber fallado en algo. Lo poco que logramos hablar esta mañana me tranquilizó un poco, pero ahora no puedo hacer otra cosa más que extrañarlo.

martes, 15 de abril de 2014

Hasta acá llegué

Nunca, cuando comenzamos un nuevo proyecto, pensamos que vamos a llegar al momento de decir "Basta, hasta acá llegué". Al principio no queremos aceptarlo y nos negamos completamente al hecho de que aquello que con tanta ilusión encaramos, finaliza. Sin embargo, es bueno notar a tiempo que este momento llegó y hacerlo saber.
El punto del hartazgo significa el fin de una historia, un libro que se cierra, un ciclo que culmina, una etapa pasada. Cuando llegas a este punto debes agradecer al destino por haberte mostrado que verdaderamente hay cosas mejores a tu alcance, pero que cada experiencia pasada deja detrás de sí una especie de aprendizaje oculto que luego vamos encontrando con el tiempo.
Cuando se llega a ese momento de desgaste y cansancio, en el que se siente como si estuvieras encerrada, muriendo lentamente en el interior de tu pena, es cuando debemos intentar cambiar las cosas. Esto genera una especie de rebelión interna que es complicada de explicar y controlar. La mayoría de las personas se tragan todos estos sentimientos por miedo a las variaciones de la vida y terminan estallando en un momento de rabia del que luego se arrepentirán durante el resto de sus vidas.
No siempre podemos lograr cambiar aquello que nos cansó, y la única opción es abandonarlo todo. Aunque siempre digan que hay que ser perseverante y continuar intentando, hay cosas realmente irrealizables y con la imposibilidad de decidir otra cosa más que abandonar. Esto no siempre es tan malo como parece. Un fin siempre significa un nuevo comienzo, y un nuevo comienzo siempre está colmado de cosas positivas.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Aún duele

Hola, no vengo a pedirte explicaciones sobre por qué te fuiste, o por qué no me acompañaste durante más tiempo. Sólo venía a recordarte que no me olvido de nada de todo lo que hiciste por mí, de las cosas que me enseñaste. Recuerdo con lujo de detalle cada una de esas noches en las que me convidabas un postre diferente cada vez y me contabas cómo fue tu juventud, cómo creciste y cómo te fuiste adaptando a los cambios del mundo.
Hace 5 años, no tenía la conciencia suficiente como para saber que todo termina en algún momento y que tenemos que aprovechar al máximo aquello que queremos mientras lo tengamos. Hoy en día me arrepiento de no haberte mencionado nunca que eras mi persona favorita en el mundo, y que lo seguís siendo. Nunca supe cómo decirte que eras mi segundo padre, ese que no te da la vida, ese que elegís por tus propios medios, que ocupará siempre un gran lugar en tu corazón al igual que cuando se vaya, quedará un gran vacío.
Escuché a muchas personas decir que no necesitamos lo que perdimos, porque el destino lo quitó de nuestra vida por alguna razón. Entonces compruebo que en realidad no te perdí, porque aún te sigo necesitando igual que cuando era tan sólo una niña y esperaba sentada en el patio que regreses de trabajar, sólo para verte un rato porque te extrañaba. Imaginate que te extrañaba sólo por no verte durante unas pocas horas, y ahora hace 5 años que no te veo.
Sé que me estás viendo mientras escribo esto, perdón por las lágrimas que se deslizan en mis mejillas, sé que querés que sea feliz, pero a veces es necesario hacer un descargo de las angustias cotidianas con las que lamentablemente aprendí a convivir, convirtiéndome en un ser casi apagado, sin la alegría de aquella pequeña que recuerdas haber tenido entre tus brazos durante largos ratos en los que ninguno hablaba, esa niña que apenas llegaba a apoyar su cabeza en tu panza cuando te abrazaba, esa que ya no soy.
Nunca me cuestioné el por qué tuviste que irte, porque pienso que una persona puede irse cuando cumplió verdaderamente con su destino, y el tuyo era vivir una vida a pleno. No dejaste de luchar hasta el último momento y eso demuestra en vos un espíritu de valentía que me será difícil encontrar en otra persona.
Creo que fue esa misma noche del 7 de febrero de 2009, en la que salí al patio en el que habituaba verte a esa hora, pero vos no estabas ahí para mí. Fue entonces que decidí mirar al cielo, y en las estrellas encontré el brillo de tu mirada apacible, demostrándome que estarías conmigo siempre que te quisiera buscar en las cosas más simples. Tal vez es por eso que me reconforta tanto mirar hacia el cielo.
Recuerdo que al principio fue un shock muy fuerte para mí el comprender que ya no estarías ahí cada vez que quisiera hablar con vos. Durante varias noches tuve un sueño extraño. Soñaba que nada de todo esto había pasado, pero en tu lugar había otro hombre, no eras vos. Él no me quería, me maltrataba y no me escuchaba cuando le hablaba. Cada vez que tuve este sueño, desperté llorando. Hoy en día entiendo que ese sueño reflejaba mi miedo a que alguien intente ocupar tu lugar en mi vida, algo imposible de lograr ya que fuiste para mí muchísimo más de lo que podrías llegar a imaginar.
Tengo que confesarte que no soy la misma persona de la que te despediste 5 años atrás. He cambiado en todo sentido. Crecí física y psicológicamente, contra mi voluntad, pero lo hice. Hay sólo una cosa de la que estoy completamente segura y es que, de tener la oportunidad, volvería el tiempo atrás, a esa época en la que estabas conmigo y todo parecía más simple y fácil.
Hay momentos en los que me considero estúpida por intentar buscarte en las pequeñas cosas que me da la vida, porque pienso que ya no estás conmigo, pero hasta ahora ninguno de esos intentos fue en vano. En cada palabra escrita, en cada página leída, en cada calle recorrida, en cada estrella, en cada lágrima, en cada canción, en todos lados un pedazo de tu alma me vigila y me consuela.

Estoy orgullosa de haber tenido una persona tan grande en mi vida y que aún hoy sigue estando presente a pesar de todo. Fuiste todo lo que podía esperar de mi más grande héroe, compañero de vida y maestro. No puedo explicar con palabras la profunda tristeza que siento en este momento, y cómo esa sensación punzante justo en el medio de mi corazón se va haciendo cada vez más fuerte después de cada palabra escrita, por eso decido parar de escribir.

domingo, 9 de marzo de 2014

Poema de los cielos

El cielo es un lugar alejado de este mundo de seres impuros, donde los poetas refugian sus pensamientos para que no se arruinen, los niños esconden ahí sus ganas de vivir, los ancianos ven sus recuerdos cautivos en una nube, porque allí, el tiempo no existe. No es necesario crecer ni morir. Nada nace en el cielo, pero nada finaliza en él. Todo es infinitamente perfecto y bello.
El cielo del día refleja en su celeste la alegría de cada persona y cada nube es una angustia. Por eso me gustan los días despejados, porque me hace saber que es un buen día para el mundo, el Sol sigue brillando igual que siempre e ilumina rostros de personas frágiles sumergidas en un mundo de pensamientos.
Los días nublados son días tristes, el Sol no está en su lugar y nadie ilumina los rostros de la gente. Esos días las personas se desconocen entre ellas, se asustan de sí mismas y se encierran en una desconfianza hacia todo el mundo, incluyéndose.
Sin embargo, los días de lluvia, esos en los que el cielo presenta su más bello arsenal de nubes, gordas y pomposas, llenas de las angustias de las personas que habitan este mundo, son hermosos. En ellos, el cielo muestra a la gente que se cansó de sufrir y que lucha por seguir adelante a pesar de todo. Cada gota es una lágrima derramada, cada trueno es un grito de esos que nos desahogan de golpe, cada rayo es un golpe de esos recibidos por la vida cuando nos enseña a vivir. Todas esas cosas en conjunto, forman ese maravilloso espectáculo que sólo algunas pocas personas saben apreciar.
Aunque en toda mi vida, el capricho más hermoso que vi del cielo es la noche. En ella, el Sol ya no está, y la Luna, confidente de aquellos que la escuchan, deja ver en las estrellas las historias que la gente guarda en el cielo. Cada estrella puede ser una risa, un recuerdo, un beso, un abrazo, un reencuentro, una despedida, un regreso, una huida, un juego, una pelea, una idea, un pensamiento. Una estrella es aquello en lo que las personas piensan al mirar el cielo, son pequeños trozos de cada uno. Dicen que si alguna vez descubres el orden en el que deben ser ubicadas, podrás leer el poema que el Sol intenta ocultar, pero que la Luna enseña. En él puedes leer la verdad de todo. También dijeron que una persona sólo es capaz de leer este poema en su última noche bajo el cielo, para luego convertirse en parte de él y poder ser leído por otras personas.

lunes, 3 de febrero de 2014

Me acostumbré rápido a tus abrazos, a tus besos, tus "te amo", tu risa, a agarrarte de la mano, a que apoyes tu cabeza en mi hombro; y ahora que ya no estás conmigo, te necesito más que nunca.

jueves, 23 de enero de 2014

Brunela

Brunela es una adolescente a quien la vida no se le presentaba de una manera sencilla y fácil de llevar como a la mayoría de sus pares. Ella tenía en claro que ninguno de sus amigos tenía una vida perfecta, pero ellos sí eran capaces de llevarla adelante con normalidad y sin la necesidad de hablar absolutamente todos sus problemas con alguna persona que al menos escuche. Brunela había nacido con esa necesidad, pero nunca había confiado tanto en alguien como para contarle todo su sufrimiento durante sus 14 años de vida.
De pequeña, Brunela era muy unida con su abuelo materno, de quien era su única nieta mujer y la menor de todos sus nietos. Ellos hacían miles de locuras juntos. Iban a pescar, hacían dulce de higos con los higos que juntaban los domingos por la mañana en el patio, disfrutaban juntos de largas charlas, a su abuelo le encantaba contarle cosas sobre su vida, tenía miles de anécdotas guardadas en su mente. Su nieta siempre se sorprendía al ver lo mucho que sabía el anciano sobre pájaros, aves y animales silvestres. Fue un golpe muy duro para ella cuando a la corta edad de 9 años, todos esos días compartidos con su abuelo acabaron de golpe. Era una mañana lluviosa de febrero cuando su madre la despertó con la peor noticia que esa niña podría haber recibido. Le arrancaron de un tirón a quien fue su mejor amigo durante todo ese tiempo. Brunela no asistió al velorio de su abuelo, en lugar de eso, permaneció en su casa reflexionando y tomó una decisión muy madura a pesar de su edad, que fue permanecer fuerte y callada por fuera aunque por dentro tenga esas ganas de gritar todo el dolor que sentía en ese momento, pero pensó que eso agregaría dolor al corazón de las personas que amaba.
Pasaron los años desde ese trágico suceso, Brunela creció sin saber cómo descargar todo ese dolor que con el pasar del tiempo se fue acumulando. Fue en su último año de primaria, cuando conoció a quien pensó que sería su salvación. Era un muchacho alto, esbelto, gordo y de tez oscura. A pesar de sus diferencias, en seguida aprendieron a convivir creando entre ellos un lazo de verdadera amistad que parecía inquebrantable. El problema de Brunela es que se preocupaba demasiado por las personas de su alrededor y no era capaz de mirar hacia adentro todo ese dolor que se acumulaba en su corazón por su propia vida y por los sufrimientos de quienes ella amaba de verdad. Su mejor amigo no la escuchaba ni una sola vez, decía que sus miedos y sentimientos eran infantiles y le hablaba sobre su dolor que era algo muy superior a los de la niña. Brunela lo escuchaba y aconsejaba porque ella en verdad lo quería. Al finalizar el año, el último día de clases, el muchacho la abrazó con todas sus fuerzas y le dijo que se mudaría lejos del pueblo en el que vivían, y que probablemente, nunca regrese. Recordando la promesa que había hecho al morir su abuelo, Brunela contuvo sus lágrimas, sonrió y se alejó. Con el pasar de los días, Brunela comenzó a sentir el vacío que se había abierto en su corazón hacía 4 años, ahora era más grande. Comprendió que por más que lo intente, nunca nadie podría remplazarlo. Él fue todo para ella.
A sus 13 años, mientras cursaba el primer año del colegio secundario, Brunela descubrió una forma de expresar sus sentimientos sin lastimar a nadie. Brunela comenzó a escribir, sólo para ella, narrando por qué se sentía tan mal consigo misma. Esto le sirvió para ir revelando lentamente quién es en realidad, de dónde viene y adónde va. Fue relatando en su diario íntimo a lo largo de toda su vida, sucesos que le dejaron alguna marca, y guiada por ese pequeño librito, pudo justificar sus acciones y sentimientos actuales, porque toda acción tiene su consecuencia y si se busca la causa, es fácil encontrarla.

Al día de hoy, Brunela tiene 14 años y en unos meses comenzará a cursar el segundo año de su escolaridad secundaria. Es una adolescente muy insegura de sí misma, que duda de absolutamente todo lo que hace o dice y sigue sin soportar reunirse con personas o tener una vida social fuera de su casa. Ella disfruta de las fiestas, pero no estaría todos los fines de semanas de fiesta, prefiere quedarse una noche en pijama, en su computadora, despeinada, o jugando con su hermano y desayunando antes de irse a dormir. Eso es lo que la mayoría de las chicas de su edad no comprenden. Ella odia seguir las modas, porque eso la hace igual al resto y nunca vio una razón para serlo, a Brunela le gusta ser ella tal y cual es, si bien le duele lo que opinan los demás, no cambia su forma de pensar en lo absoluto. Esa batalla es complicada, ya que siente que todo su entorno desea cambiarla para que sea una muchacha perfecta, femenina y a la moda. Siente que todos la miran raro, que nunca va a ser aceptada en la sociedad, que sus ideas no van a ser escuchadas por nadie, y por eso nunca las revela. Sin importar lo que le digan, Brunela ha asumido ya su papel en esta vida, tiene bien claro quién es y de dónde viene, adónde va se lo dirá el destino. Ella sabe que disfruta más en la compañía de muchachos que la respetan que en un grupo de chicas en el que tiene que competir con sus pares para ser considerada alguien importante o especial. Sabe que la relación que tiene con su hermano es especial, ya que nunca pasaron de una discusión de unos pocos minutos, y son inseparables el uno del otro. 

viernes, 3 de enero de 2014

La ausencia

Nunca he conocido dolor similar al de aquella mañana. Eran aproximadamente las 10 de la mañana, cuando desperté y mis lágrimas comenzaron a caer tras escuchar aquellas horribles palabras provenientes de la boca de mi madre. En días anteriores, las cosas no marchaban con normalidad en mi casa. Mis padres se ausentaban muchísimo de casa por ir al hospital a cuidar a aquella persona que en ese momento yo más amaba en este mundo. Al cuarto día de que esta rutina se repitiera, mi madre me despierta con sus ojos hinchados y llenos de lágrimas. Las palabras que salieron de su boca, fueron las más horribles que he oído en mi vida. A esa edad, eran las últimas palabras que imaginaba escuchar, ya que no tenía noción de la situación por la que este hombre estaba atravesando.
10 de la mañana, 7 de febrero, 1000 lágrimas, 100 gotas cayendo del cielo, un adiós que no se repetiría ni obtendría respuesta, un alma devastada y otra que ascendía hacia el cielo. Tantas cosas pasaron por mi cabeza en ese instante que lo único que logré hacer fue abrazar a mi madre con todas mis fuerzas, intentar contener mis lágrimas y esbozar la sonrisa más difícil de mi vida para demostrar que ya entonces era una muchacha fuerte que no se daba por vencido y  que avanzaba hacia adelante sin importar lo que pase, además de intentar aparentar estar bien frente a un alma casi tan dolida como la mía.
Tengo que admitir que no me gusta hablar sobre este momento de mi vida porque no me gusta que me vean llorar como lo estoy haciendo en este momento, o como lo hice hace ya 5 años. Estar toda esa cantidad de tiempo sin una persona tan amada es mi desafío diario. Desde ese día despertar no tiene el mismo significado, porque sé que no lo voy a ver al salir al patio, respirar es cada vez más difícil por los nudos que se me hacen en la garganta al recordarlo, pero dormir es hermoso, porque al dormir puedo soñarlo, y aún lo veo como lo vi siempre, con esa sonrisa con la que llenaba mi mundo todos los días, sin demostrar en ningún momento tener ningún problema. Todo parece real. Parece que al despertar voy a poder verlo otra vez como antes y lo voy a poder abrazar como hace 5 años que no puedo hacerlo.
Él era el motivo por el que me levantaba temprano cada domingo, porque siempre tenía una aventura nueva por emprender juntos. Recuerdo aún cuando me llevaba a juntar higos de la planta que estaba en aquel gris jardín olvidado, con los cuales por la tarde hacíamos dulce. Recuerdo también cuando me enseñaba a disfrutar del sabor de la comida y no sólo comer por necesidad, sino por placer. Permanecen en mi mente aquellas noches que pasábamos juntos alrededor de la mesa, discutiendo sobre cómo eran las cosas en sus tiempos y cómo fueron cambiando. Recuerdo su alegría con cada logro, su orgullo al verme progresar, el cariño que me transmitía con cada abrazo, la tranquilidad que reinaba en cada una de sus palabras. Nunca necesité tanto a alguien.

Es injusto que vos me veas nacer y yo tenga que verte morir, pero sé que al final todos viajamos hacia un mismo lado. Nos vemos al final del camino, mientras tanto seguiré llorando.