sábado, 27 de julio de 2013

Ella, él y la historia de nunca empezar.

Sin saber lo que hacía salió de su casa y enfrentó al mundo por primera vez en soledad. Caminando lento por una calle que parecía no tener fin comenzó a sentir el frío de un mundo indiferente que no conocía en su totalidad y recordó el calor del hogar al que  pertenecía y al que siempre regresaría.
La calle abarrotada de gente no la dejaba vislumbrar su camino, pero seguía caminando. Sin prisa pero sin pausa caminaba lentamente hacia un lugar conocido lleno de personas desconocidas. La obscuridad del mundo al que por primera vez se enfrentaba era abrumadora, unos pocos extraños la miraban pensativos.
Llego a su destino feliz y a salvo y comenzó a correr como nunca lo había hecho. Un lugar espacioso con gigantes objetos que lucían atemorizantes pero divertidos con niños gritando y corriendo por todos lados y padres felices contemplando a sus niños divertirse en su lugar mágico. A ella sólo le importaba un objeto, este no era un gigante todo lo contrario, era un pozo, no tan profundo que albergaba a un único niño entretenido jugando con un contenido desconocido que parecía tierra pero era mucho más blanco y suave.
El niño entretenido no notó su presencia hasta que vio unas manos hundirse en su castillo de fantasía. Él la miro enojado y ella con ojos de enamorada, no podía enojarse con esos ojos. Eran tan claros y hermosos que no le permitieron enojarse, sino que sonrió y se sonrojó. Ella sin importarle el castillo comenzó a hablarle de un futuro lejano con magia, flores y amor. Ese sentimiento que habían sentido al cruzar miradas se llamaba amor y ahora lo sabían.
De pronto una mujer alta se acercó y dirigió unas palabras al niño. Él sin despedirse ni mirar atrás se fue. El corazón de aquella niña quedo destrozado, ni una palabra, ni un beso, su amor seguía encendido como una llama ardiente pero no creía lo mismo de él. Esa fue la primera vez que le rompieron el corazón.
Pasaron los años, la niña creció sin volver a ver aquellos ojos de los que se había enamorado perdidamente en aquel mágico lugar al que seguía regresando todas las tardes al salir del colegio. Ella había soñado un futuro juntos, había imaginado un mundo perfecto al lado de aquel niño. Un mundo donde no existiría la tristeza ni la soledad, ya no habría separaciones dolorosas y tiempo sin verse. Solo serían los dos unidos y felices.
La muchacha no hablaba con nadie, evitaba a las demás chicas. Era solamente ella en su mundo de ensueño imaginando el día en que su amor volvería a sus brazos. Una tarde saliendo de su casa y volviéndose a enfrentar al mundo frio y obscuro donde ya nadie la miraba encontró un rayo de luz. Una mirada conocida que reflejaba la alegría de haberse encontrado con la suya.
Ella reconoció esa mirada en un instante, era él y no tenía ninguna duda. Se abrazaron y fueron juntos a aquel lugar donde todo había comenzado. Ella recordó sus sueños y comenzó a hablarle mientras él parecía interesado en otras jóvenes. Cuando ella finalizó su relato y noto la desatención de su amor perdido y encontrado rompió a llorar como lo había hecho todos estos años. Él la consoló pero no parecía interesado en lo que ella decía. La abrazó muy fuerte y la dejo llorando diciendo que no quería comprometerse en una relación como la que ella soñaba.
Ella lo contemplo besar y jugar con el corazón de muchas otras jóvenes, desdichadas que soñaban con un príncipe igual que ella. Pero no era él el indicado para ninguna. El gozaba con solo jugar con los corazones frágiles de sus enamoradas pretendientes. Esa fue la segunda vez que le rompieron el corazón. Así siguieron pasando los años.
Una mañana la muchacha salió enfrentándose al mundo frio e indiferente donde se perdía cada mañana para llegar a su trabajo. En su oficina había un escritorio libre que estaba a su lado pero esa mañana ese escritorio era diferente, ese escritorio estaba ocupado por alguien que, de espaldas ella no reconoció.
Al sentarse y saludarlo para darle la bienvenida a la empresa noto que su mirada era conocida. Era él, estaba segura. Él la reconoció casi al mismo tiempo. Ella trabajó indiferente, todavía afligida por su anterior abandono, mientras él buscaba volver a cruzar miradas para pedir perdón ya que en los años que pasaron él se había arrepentido de abandonarla en aquel parque donde de pequeños jugaron una tarde.
El buscaba el amor desde entonces, en la única mujer que lo encontró fue en ella que, aunque pensaba estar ofendida, lo seguía amando con todas sus fuerzas. Esa tarde se encontraron en el parque, ella accidentalmente lo miró, olvidando lo ofendida que estaba y se encontró con una mirada que suplicaba perdón. Ella lo abrazó con todas sus fuerzas y él sin previo aviso la besó.
Esa noche ella durmió fascinada por lo que había pasado, olvidando su enojo y su tristeza comenzó a recordar momentos pasados en los que ella lo amaba y lo odiaba al mismo tiempo. Su odio se había transformado verdaderamente en amor cuando esa misma tarde él la había besado.
Sin saber qué palabras pronunciar la mañana siguiente en el trabajo lo miro y el la volvió a besar. A ella se le escapo un “te amo” de entre los labios. Él se asustó porque no estaba esperando una frase tan comprometedora. No la miró en toda la mañana. Al día siguiente, él ya no estaba en el trabajo. Esa fue la tercera vez que le rompieron el corazón.
Ella envejeció imaginando como se habrá sentido su amor eterno al oír aquellas palabras. Ella, aunque ya era mucho mayor, seguía yendo al parque a ver como jugaban los niños. Una tarde se dirigía hacia allí encontró una mirada brillante que reconocería en cualquier parte, era él otra vez. Él la miró, se acercó lentamente hacia su oído y susurro un “te amo” que esta vez fue correspondido.

Juntos decidieron volver al parque donde todo había comenzado. Se sentaron en un banco cerca del arenero donde alguna vez ellos jugaron y contemplaron a una pareja de niños construyendo un castillo en la arena como alguna vez ellos lo habían hecho. Ella estaba feliz. Esa fue la primera vez que su corazón se sintió contento.

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