No existe la tristeza, el dolor, la distancia, las separaciones
ni las despedidas. No hay lágrimas para derramar ni razones para hacerlo. El tiempo
pasa lento, las horas parecen días enteros. Nada es perfecto, pero es lo más
cercano que conozco a la perfección. A veces me confunde, creo que es imposible
que algo así exista. Sin embargo paso en ese lugar la mayor parte de mis horas.
Ahí estoy yo, está él y no existe la distancia. Cada momento
lo pasamos juntos. No hay desamores ni desencuentros, sólo nosotros,
aprendiendo de a poco qué significa amar a alguien por sobre todo lo demás.
Todos los minutos juntos parecen nunca acabarse. Cada abrazo es como tocar el
cielo con las manos y cada beso parece interminable.
Todo tiene un final. Abro los ojos, desconecto los
auriculares y me siento en la cama. Volver a la realidad después de haber
vivido tan linda fantasía cuesta, mis ojos quieren volver a cerrarse, mi mente
quiero volver a volar, pero ya no hay más tiempo. Sentada, trato de aceptar que
nada es como lo soñé, que en la realidad sí hay tristezas y decepción, que él
no está conmigo y que la distancia es algo imposible de superar.
A veces pienso que ese es el único lugar donde una persona
puede ser mínimamente feliz por un momento. Nunca me voy a explicar por qué,
pero cuando regreso a la realidad siento cómo se cargan sobre mis hombros miles
de penas y responsabilidades que en mi mente no existen. Pienso en él y en lo
lejos que está en esta realidad oscura. Las ganas de levantarme disminuyen cada
vez más cuando pienso en que empieza otro día en que no lo voy a ver.
Suena mi celular, en la pantalla aparece un mensaje escrito:
“Buen día mi amor”. Sonrío y comienzo de nuevo.
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